No hay indigencia mayor que vivir para el lujo fingiendo y pavoneándose de ser justo y generoso, ni bajeza más vil y beligerante que considerarse moralmente superior a los demás. En la fraterna humildad, la Luz del Amor expande y unifica nuestro corazón con el del prójimo, llevando a la plenitud de la resurrección y la vida eterna; en el competitivo orgullo, las tinieblas de los siempre injustos menosprecios y vilipendios cierran e inquinan el propio corazón acosando y rompiendo el corazón del prójimo, conduciendo finalmente a quien así obre al correctivo "llanto y crujir de dientes".
Porque: "DIOS es Espíritu, y los que le adoran deben adorarlo en Espíritu y Verdad" (Juan 4,24). Y, por tanto, valorar y apegarse a lo que es del mundo, por mucho que egoicamente se pretenda espiritual, es perecer con ello; y apreciar y extender lo que de veras es del Espíritu, al Espíritu nos retorna deshaciendo el ego.
-Un servidor de DIOS VIVO-


