No viven en sus corazones con paz y gozo, por mucho que ostentosamente consigan, quienes no renuncian a la actitud mundana que el arrogante ego valida. De poco sirven, por no decir nada, las estrategias meramente psicológicas, aquellas que operan únicamente en la dimensión carnal/intelectual del hombre; ni sanan dolencias esencialmente espirituales, ni transforman una dolorosa y fraccionada vida carente de significado en una sólidamente feliz por el firme propósito de universal comunión.
Morir al ego, repudiando su apego y enaltecimiento de lo mundano, es nacer del Espíritu. Pues, nada cambia de veras en los cimientos del Alma si los cambios sólo atañen a la superficialidad del temperamento, a lo que perece con el tiempo, sin ir acompañados de lo humilde, desinteresado y bondadoso, aquello que perdura y trasciende el tiempo, ese genuino, total e inequívoco cambio de la antigua intención egoísta en favor de la sinceramente espiritual.
-Un servidor de DIOS VIVO-

























