Evitemos tanto la tentadora y ciega autocomplacencia como el derrotista y victimista autodesprecio; mantengamos una vigilancia serena y ecuánime de sí. En la vida verdadera no hay medias tintas: o la vivencia directa de la plenitud del Inefable Creador Eterno en nosotros o la dolorosa y divisora banalidad discursiva del ego contra nosotros; o lo real o lo ilusorio; o verdadero Amor u odioso miedo; o paz de espíritu o desasosiego carnal; o DIOS VIVO o el diabólico ego.
Cuidémonos de adquirir meros conocimientos del intelecto acerca de la vida espiritual como si estos fueran suficientes para saber de ella; pues no hay signo que designe lo Divino, más no temas, tampoco hay velo que por completo pueda ocultarlo.
Ahondemos en la base que sostiene nuestras creencias para ver sí son verdaderas o erróneas (si nos traen amor y paz, o temor y disensión), meditemos con honesta constancia, oremos con corazón humilde y vivamos con natural sobriedad... ¡Y, de repente, DIOS VIVO se revela como la más íntima Esencia de nuestros seres, vinculándonos en eterna y bienaventurada comunión!
-Un servidor de DIOS VIVO-

























