No temamos la agitación mundana y encarémosla con serenidad de ánimo y firme voluntad fraterna, rebosante de la solidez incorpórea de la comunión de corazón a corazón, que a la mismísima muerte derrota y trasciende.
Miremos miradas, no sólo colores de ojos y perfilados rostros. Contemplemos esencias, no sólo cambiantes apariencias. Observemos la solidez de lo que une y cobija; y descubriremos, con diáfana obviedad, la fragilidad del fiero pugnar narcisista e insolidario que estúpidamente se creía inteligente. Veamos de frente, sí, ahora, aquí, qué es verdadero ver, dejándonos llenar por la Verdad que nos libera de la esclavitud de la trapacera querencia por los logros exclusivos del tiempo.
En última instancia, todo la carnal egotidad de este mundo en él se disuelve para nunca más ser, permaneciendo incólume sólo la sutil presencia bienaventurada del Espíritu... Y finalmente, por la gracia, plácida es la palidez del moribundo que ha cumplido, tras múltiples vicisitudes encaradas con amigable disposición universal, con su profundo cometido vital en este transitorio y viejo ámbito terrestre: su cuerpo trasparenta y regala -a la atenta mirada- un alma en paz, deseosa del supremo e íntimo encuentro eterno con el Divino Amor que a todos y a todo nutre y sustenta con renovada e inagotable plenitud.
-Un servidor de DIOS VIVO-




































