Al igual que, inmersos en el añil del atardecer, alborean los difusos contornos a la luz de un humilde candil, en el ocaso de la vida humana se presiente el alba del Espíritu titilando en lo más hondo del alma agradecida y fraterna. Pues la enjundia eterna de la Luz y la Paz de DIOS VIVO, nutriendo el sagrado núcleo de ser, son los preciados frutos -ya maduros- de una temporaria vida bien vivida, de una perseverante vida humana desplegada con Verdad y Amor Universales.
-Un servidor de DIOS VIVO-

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