Morir en vida -en lo hondo de sí- al ciego y amedrentador impulso que nacía para morir (ego), nos resucita desde adentro hasta afuera del letal imperio de lo divisor, falso y cruel, regresándonos a la bendita Conciencia Intemporal (Espíritu) de Ser Uno con DIOS VIVO y toda Su Creación.
Tomemos, pues, la responsabilidad de nuestras humanas vidas sin resentimientos ni culpabilizaciones: perdonando en vez de juzgar, amando aunque se nos desprecie, confiando en la Divina Providencia antes que en nuestro muy parcial y torpe entendimiento carnal.. La vida se despliega sola en perfecta sincronía si no le entrometemos particulares expectativas.
Perder personales razones divisoras es ganar la verdadera plenitud espiritual; porque el Espíritu, y sólo el Espíritu, libera de tiempo, forma y cantidad, mientras que el ego tiende a especializarse en taxidermia temporal. Puesto que, identificar al cuerpo como el ser de uno (y el ego siempre lo hace, convirtiéndose en enconado enemigo del Espíritu) es ir por el mundo como un cadáver embalsamado que aprecia lo que encajona, acopia, arredra y escinde, según reniega de la sagrada esencia que se expande en eterna comunión.
-Un servidor del DIOS VIVO-

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