Empecemos y vivamos el transcurso del día serenamente vigilantes, como si estuviéramos viéndolo ya en su ocaso. Así discerniremos con mayor precisión cómo obrar a lo largo de sus horas, según la Eterna Ley del Amor y la Verdad que nos acerca a la bendita plenitud de DIOS VIVO, a la vez que nos alejamos de incurrir en actos surgidos de vanos pensamientos -mundanos y egoístas- conducentes a la enojosa pesadumbre, virulenta e inesperada, de la furtiva angustia vital que carcome a las almas descuidadas, cicateras y rencorosas.
-Un servidor de DIOS VIVO-

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