La vida verdadera —la del Espíritu— no conoce la muerte; sencillamente, porque nunca tuvo principio ni tendrá final en su intemporal plenitud Divina.
Levantémonos, pues, en Espíritu, hermanos/as en Cristo, y no temamos las recurrentes fragilidades y vanas distracciones de la carne mortal, con las que «la serpiente antigua» o diablo nos tentó a identificarnos con maligno engaño. Porque, sí, y siempre sí, DIOS VIVO —resucitador de lo nucleico, veraz y esencial—, envueltos entre tanta opresión, tiniebla e inquina mundanas, nos guía certero y liberador por el camino de la luz en cuanto atendemos al susurro de Su poderosa providencia, que en lo más hondo de nuestros corazones sagrados sopla como una suave y sabia brisa de amorosísima bendición —más evidente que el mayor de los estruendos para quienes humildes oran y meditan en Su Absoluta Completitud—, invitándonos a buscar con paciente ahínco, frente a disgregadoras tentaciones, la gloriosa comunión de todos con todos en Él y de ÉL con todos nosotros en un inefable «Nos».
-Un servidor de DIOS VIVO-

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