Cuando la madre y el hijo vuelven a vivir juntos bajo un mismo techo para cuidar éste ahora de quien antaño le dio la vida, amamantó de bebé como un polluelo todavía alicorto, cuidó, vistió y educó ejemplarmente de pequeño con sólidos valores cristianos, y empujó a volar con honradez y amigabilidad en la juventud de vigorosas alas —capacitándolo para fundar otro nido—, es una bendición del Cielo, una enseñanza de gratitud eterna, un examen de humildad, un gozo del corazón, un limar las pequeñas asperezas que quedaren, un cerrar por completo viejas heridas ocultas y un crecer juntos en lo esencial que culmine la relación vital de ambos en la Paz y Amor de DIOS VIVO... ¡Una fiesta del Espíritu Eterno en la cotidianeidad dolorida de la ya ajada y fatigada carne!
¡Gracias, mamá! ¡Bienvenida a Casa!
-Un servidor de DIOS VIVO-

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