En los relojes de arena se depositan acuosos venenos
y en las clepsidras se espolvorean ponzoñas
mientras buscan los hombres 'nuevos ordenes'
que acaban, en su carnal ceguera, por desordenar
aquello que jamás necesitó ser ordenado.
No hay fuego que alce el vuelo sepultado bajo lodosas aguas
ni puede atisbarse la eternidad apegados al tiempo.
Rige el combate de los siglos el precepto del antagonismo.
Gritarle silencios al prójimo nunca comunica,
y menos aún reprocharle yerros propios.
La vida eterna del Espíritu arde con fuerza allende la carne
incluso bajo el temporario latido de ésta. ¡Aleluya!
Desasirse de las cosas transitorias vincula con lo esencial.
Nada que reprochar... Todo por conocer... Ver, viéndonos...
Y, de nuevo, el fuego vuela libre asentado sobre marinas brisas de Plenitud.
-Un servidor del DIOS VIVO-

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