Oscurecer en nombre de la luz es oficio de demonios y trampa para los incautos que los confunden con ángeles benefactores. Porque ponerse por encima del prójimo, incluso revestido de supuesta virtud, es descender; nunca elevarse. No hay Verdad en el legalismo, tampoco Serenidad en la rivalidad, ni rastro alguno del genuino Amor en las zalamerías.
Postrarse a los propios deseos egoístas como anhelos lícitos es avalar lo ilícito, e instituir un orden relacional que lleva a la desigualdad y la opresión. Encumbrando a taumaturgos, videntes y pitonisos con los que intentar justificar lo injustificable; sosteniendo ciega y fanáticamente dirigentes políticos, culturales y técnicos en los que delegar la propia responsabilidad; y, lo que es peor, desoyendo el hondo sentido común que desde lo más profundo nos susurra la dirección correcta, la regla de oro que Cristo Jesús nos recordó: "Por eso, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, así también haced vosotros con ellos, porque esta es la ley y los profetas." (Mateo 7, 12).
Y, aún más, consentir y aceptar la obtención de especiales prebendas es firmar, se sea consciente o no, un pacto con las tinieblas de terrible resultado final; al auparse a abismos, idear calumnias, disimular inquinas tras sonrisas y resaltar naderías como fundamentos con los que conquistar personal logro, quiebra rumbos ascendentes fingiendo mantenerlos, conduciendo inexorablemente a la catástrofe según sugiere y promete falsamente un maravilloso nuevo orden mundial.
-Un servidor de DIOS VIVO-

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