Nunca hay -sé- perenne lenguaje
ni conocimiento supremo
en los lindes de tiempo y carne.
Y en lo hondo, infinito e inefable,
presiento -agradecido- el Cielo,
pleno de amorosísimo nexo
aunándonos milagrosamente a todos
en Tu santo núcleo...
Sagrado fuego en el alma,
ardiendo
y mudando en humareda
el cieno
que estorbaba mi trayecto.
-Un servidor de DIOS VIVO-

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