La niebla invernal, al ocultar los benéficos rayos del sol, aterece huesos y nervios, hiela sangre y músculos, e induce a la pasividad. De igual manera, la frialdad de la niebla egoica, al ocultar los amorosos rayos del Espíritu de DIOS VIVO, aterece las inmateriales fibras del alma y ofusca su juicio, resaltando la pasiva indolencia relacional como óptima y segura.
-Un servidor de DIOS VIVO-

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