Afanarse sobre todo en lo perecedero es trajinar finalmente por nada. El ego (que no somos pero que nos tienta a creernos él), en su exasperante limitación carnal/intelectiva, se agarra desesperado a esa desesperante nada considerada mucho suponiéndola torpemente esperanzadora. Más, quedarse en un pequeño oasis rodeado de desierto es una prisión en la que el alma oprimida y temerosa languidece escondida de un entorno temible. Confía. Que tu propósito sea la Verdad por encima de las vanas apariencias mundanas. No escuches la temerosa y temible voz egoica. Sal confiado al desierto. Atraviésalo con DIOS VIVO guiándote en tu corazón, y renacerás en un ámbito inefablemente esplendoroso colmado de eterna comunión. Porque para el Espíritu no hay perecedera carne que lo confine y destruya.
-Un servidor de DIOS VIVO-

No hay comentarios:
Publicar un comentario