Todo nos habla de DIOS VIVO si sabemos atender a la sutil concordancia que entrelaza lo manifiesto, robusteciéndonos en la vera fe.
Las ambarinas estelas trazadas por los astros, en su celeste movimiento, espeja acumulados ayeres en las miradas que las observan y calculan ahora. No hay rincón del cosmos que al alma no sobrecoja por su esplendorosa magnificencia, tras la que se columbra la amorosísima plenitud de lo Divino... El fulgor de una estrella no habla, pero comunica lo sublime. La belleza de una sinfonía no se ve, pero arropa al alma con colorido gozo y serenidad. Las flores no abrazan la carne, pero su fragancia la hace estremecer. Los planetas no discursean, pero su orbital imponencia enmudece y asombra el intelecto. Las estaciones en la Tierra se suceden exactas una detrás de otra, y tras la gélida adustez del invierno siempre florece la generosa vitalidad de la primavera, sugiriéndonos cómo la muerte de la carne sólo es aparente, pues tras ella la vida felizmente se renueva.
-Un servidor de DIOS VIVO-

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