¿Para qué? ¿Cuál es el propósito de tanta angustia vital? ¿Existes, oh DIOS?... Silencio.
Desesperación... Silencio.
Íntimo clamor... Silencio.
Lágrimas rendidas... Y de súbito, en el silencio más oscuro la comunicación más luminosa, el regalo más inesperado e inefable: Comunión, Divina Intemporalidad.
Ahora, siempre, descanso seguro en el intemporal recuerdo del eterno Amor de DIOS VIVO, que nos santifica en perfecta unicidad transformando todos los temporarios recuerdos de dolor en inesperada bendición. Y, renacido, con el corazón rebosante de gratitud, todo miedo al futuro -milagrosamente- perece. ¡Somos en verdad libres de la grávida carnalidad! Ni ego ni tiempo ni adversas circunstancias realmente nos subyugan.
-Un servidor del DIOS VIVO-

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